La picadura de avispa que cambió la vida de Carmen: “Ni el DNI, ni la cartera, ni el móvil te sirven. Te sirve la adrenalina”
Carmen Quevedo Salguero, vecina de Brenes (Sevilla), se ha levantado a las 7:00 h. Ha cogido el autobús con su marido, que ha pedido el día libre para acompañarla. Está citada en la Unidad de Inmunoterapia del Servicio de Alergología del Hospital Universitario Virgen Macarena de Sevilla para una repicadura controlada de avispa Polistes, una prueba que le ayudará a vivir más tranquila.
Llega nerviosa. A las 8:50 h., Carmen ya está sentada en el sillón azul, con el brazo derecho extendido. Es inevitable que recuerde el día que todo cambió. Ocurrió el sábado 5 de junio de 2021. Salía del cementerio cuando le picó una avispa en un dedo, en el mismo trayecto que ella suele hacer sola a diario, por la mañana temprano, para andar.
Al principio no pareció grave. “No se me hinchó mucho. A diferencia de otras veces, me apreté el dedo y me eché agua en una pileta que había”. Pero al montarse en el coche empezó a encontrarse mal. “No me asfixiaba, pero sentía algo por la garganta”.
Primero pensó en ir a casa para ponerse una crema con corticoide. Pero enseguida supo que aquello no era normal. “Yo decía: qué mala estoy, niño, qué mala estoy”. Su marido puso los cuatro intermitentes y condujo corriendo hasta el centro de salud.
“Entré sin conocimiento. Allí me estabilizaron. Estuve dos horas. Vomité. Después me trasladaron al hospital, donde permanecí en observación hasta el día siguiente al mediodía. Allí me explicaron que había sufrido una reacción anafiláctica”.
Carmen recuerda lo que le dijo la doctora antes de darle el alta: “Frente a urgencias hay una farmacia. La coges y la sacas del tirón. Porque cuando tú salgas, ni el DNI, ni la cartera, ni el móvil te sirven. Te sirve la adrenalina. No la vayas a soltar para nada”.
Desde entonces, la adrenalina va siempre con ella. “En verano y en invierno. De día y de noche. En bodas, bautizos y comuniones”, explica. Aunque nunca ha tenido que usarla.
Aquella primera reacción cambió su vida. “Tengo piscina en casa. Antes subía sola a mediodía para relajarme mientras mi familia dormía la siesta. Desde ese día dejé de hacerlo. Me daba miedo. Pensaba: «¿Y si me pica? ¿Y si estoy sola? Aunque lleve adrenalina, ¿me dará tiempo a llegar al centro de salud?».
Tres días después de la reacción, Carmen llegó al Servicio de Alergología del Hospital Universitario Virgen Macarena, derivada de Atención Primaria. Allí le hicieron las pruebas y comenzó el tratamiento con inmunoterapia. Al principio acudió dos semanas seguidas; después, a los quince días; y luego, una vez al mes durante cuatro años y medio. Carmen está ya en la recta final del tratamiento: le quedan seis meses.
Antes de que la avispa llegue al brazo de Carmen, la doctora María Dolores Rodríguez Bote ha preparado meticulosamente la prueba. En un recipiente están las avispas de tipo Polistes, proporcionadas por Cabaña Apícola Casta, una empresa apícola de Bollullos de la Mitación (Sevilla), proveedor habitual del servicio.
“Primero las hemos dormido con dióxido de carbono. Luego, las hemos sacado del envase y les hemos recortado las alas y las patas. Después las hemos colocado en pequeños cubos transparentes, donde despiertan y quedan listas para la repicadura”, explica la doctora Rodríguez Bote.
La técnica consiste en colocar la avispa sobre el brazo de la paciente y esperar a que pique. A partir de ese momento comienza un periodo de observación de varias horas, durante el cual el equipo controla la sintomatología y las constantes vitales para comprobar si aparece alguna reacción.
A las 9:09 h., la avispa que han depositado sobre el brazo derecho de Carmen le pica dos veces. La paciente señala que tiene escozor. Manifiesta que tiene mucho miedo. A las 9:22 h. le toman la tensión. A las 9:28 h. le toman la frecuencia cardíaca. Está perfecta, aunque ella dice que tiene un poco de mareo y una sensación extraña en la cabeza. Siguen observándola y todo va bien.
Aunque las reacciones generales por himenópteros afectan al 3% de la población, son una consulta prioritaria en Alergología por la gravedad de los episodios y el riesgo de anafilaxia.
“La inmunoterapia es el único tratamiento etiológico y efectivo para tratar la alergia a los venenos de himenópteros. Es un tratamiento largo y eficaz, que dura unos cinco años y consiste en vacunas frente al veneno al que el paciente se ha hecho alérgico. Conseguimos que esté protegido frente a nuevas picaduras”, explica la alergóloga Rodríguez Bote.
La prueba de repicadura permite comprobar si la inmunoterapia está funcionando: si el paciente tolera la picadura sin reacción y, si no la tolera, valorar un ajuste de la dosis.
Tras la prueba, Carmen debe evitar durante cuatro horas cualquier actividad que le dé calor: duchas calientes, piscinas climatizadas, saunas, sol directo o esfuerzos físicos.
“Siempre voy a tener miedo, pero sé que después de esta prueba estaré más tranquila”, reconoce Carmen.
Para el equipo, lo más difícil es trabajar con ese miedo. “Lo han pasado muy mal. Algunos pacientes no pisan una piscina, ni la playa ni el campo. Su calidad de vida se resiente mucho. Trabajar con ese miedo es complicado”, explica la enfermera Beatriz Pérez Machuca.
Carmen sale de la prueba con la misma prudencia de siempre, pero con algo más de calma. La adrenalina seguirá en el bolso. El miedo, quizá, también. Pero ahora sabe que su cuerpo ya responde de otra manera.
La Sociedad Andaluza de Alergología e Inmunología Clínica (Alergosur) quiere agradecer a Carmen que haya compartido su historia, un testimonio que demuestra que la alergia va más allá de estornudos en primavera.




